Jun
26
Inserito da la chica de Potedaia il 26 June 2008
Lo que vamos a hacer en los próximos diez minutos puede ser nuestro mejor recuerdo del resto de nuestra vida. Actuar con ese convencimiento no parece mala manera de vivir.
Jorge Nuñez (profesor de educación física y entrenador de hockey)
Jugué en su equipo durante 5 años. Por algún motivo estas dos frases me han inspirado y llegado muchísimo más de cualquier cosa que me dijera durante esos cinco años…
Jun
17
Inserito da la chica de Potedaia il 17 June 2008
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Joaquín sabina
Apr
22
Inserito da la chica de Potedaia il 22 April 2008
Quejarse y patalear en 140 caracteres es la aplicación perfecta para Twitter: requiere mucho menos trabajo que escribir una anotación en el blog y te queda la misma sensación de que tu voz será escuchada.
David, visto en microsiervos
Pues… va a ser que sí.
Mar
06
Inserito da la chica de Potedaia il 06 March 2008
He tenido la osadía de tomar prestado gran parte del ¿microcuento? Corazones de Caperucita y subirlo así sin más a mi blog, porque hoy me hace sentir un poco mejor… y es lo único que lo ha logrado. Cosas que tiene la literatura, que es mágica.
Lo dibujé a lápiz sobre el pedazo de cartón que había arrancado desmontando una caja. Un simple boceto al que le di leves matices con un carboncillo, nada, cuatro sombras. Repasé su silueta con las tijeras a modo de bisturí. La volví a repasar, una y otra vez, hasta asegurarme de que el grafito no quedara astillado. Sentía arañazos en el pecho, adentro, muy adentro. Pero no dejé de cortar hasta que la cuchilla metálica raspó el tablón de madera que me sirve de mesa. Entonces lo separé cuidadosamente de su envoltorio y me deshice de los despojos. Guardé las tijeras en el segundo cajón y busqué un trocito de papel de lija en la caja de herramientas. Le limé un poco los bordes y lo dejé en el alféizar de la ventana. Subí un poco la persiana, lo suficiente para rayar de luna la habitación, me tumbé en la cama y me quedé dormida.
La mañana siguiente, al despertar (…) me planté frente al espejo, me saqué el jersey y me desabroché los primeros botones de la camisa. Me lo enganché sobre el mío, el retal de cartón sobre el pedazo de hielo de tristezas caducadas. Volví a mirar mi reflejo en el cristal, unos segundos. Me abroché de nuevo la camisa, me puse la chaqueta y salí a ver el mar, a contagiar de invierno y de azul mi nuevo corazón. Sin deseos, sin sangre y sin latidos.